Por: George Saunders
"¡Ahora tengo un objetivo de ojo de pez; todo se ve una locura a través de él!"
GEORGE HARRISON © G.H. ESTATE LIMITED
Un domingo de 1964, mi familia se reunió — como hacíamos cada domingo — en casa de mi abuela, en el lado sur de Chicago; éramos unos diez o doce, con edades que iban desde recién nacidos hasta personas de sesenta años, todos apiñados en aquella pequeña sala de estar para ver 'The Ed Sullivan Show'
Se respiraba algo especial en el ambiente, pues por fin íbamos a descubrir qué eran esos "Beatles". Hubo comentarios previos de rechazo sobre la longitud del pelo, la histeria adolescente y la decadencia de los estándares. Entonces empezó la música. Lo que más recuerdo es cómo se desvaneció toda aquella resistencia, dando paso a una sensación de asombro perplejo. Si una nave espacial hubiera aterrizado en el jardín delantero, la reacción de la familia habría sido similar: la aprobación o desaprobación anuladas por el puro impacto de lo que ocurría; esa oleada de energía y originalidad que emanaba de aquel enorme televisor de mueble.
Yo tenía cinco años, e incluso yo podía sentirlo: algo nuevo estaba sucediendo, y tenía que ver con la frescura.
Encuentro esa misma cualidad de frescura en este libro de fotografías de George Harrison.
Un domingo de 1964, mi familia se reunió — como hacíamos cada domingo — en casa de mi abuela, en el lado sur de Chicago; éramos unos diez o doce, con edades que iban desde recién nacidos hasta personas de sesenta años, todos apiñados en aquella pequeña sala de estar para ver 'The Ed Sullivan Show'
Se respiraba algo especial en el ambiente, pues por fin íbamos a descubrir qué eran esos "Beatles". Hubo comentarios previos de rechazo sobre la longitud del pelo, la histeria adolescente y la decadencia de los estándares. Entonces empezó la música. Lo que más recuerdo es cómo se desvaneció toda aquella resistencia, dando paso a una sensación de asombro perplejo. Si una nave espacial hubiera aterrizado en el jardín delantero, la reacción de la familia habría sido similar: la aprobación o desaprobación anuladas por el puro impacto de lo que ocurría; esa oleada de energía y originalidad que emanaba de aquel enorme televisor de mueble.
Yo tenía cinco años, e incluso yo podía sentirlo: algo nuevo estaba sucediendo, y tenía que ver con la frescura.
Encuentro esa misma cualidad de frescura en este libro de fotografías de George Harrison.
París, 1964. GEORGE HARRISON © G.H. ESTATE LIMITED
Esa "frescura" es el resultado de cuando un artista se libera de la planificación y la conceptualización para conectar de forma genuina con el instante presente.
Estas fotos se tomaron, por supuesto, con rapidez y por puro impulso. En realidad, son instantáneas captadas por un joven talentoso que estrenaba un juguete nuevo.
Las imágenes me transmiten calidez y amabilidad. Quien las toma parece sentir afecto por el mundo. A menudo, las personas fotografiadas sonríen a la cámara como si actuaran a modo de espejo: devolviéndole parte de esa energía afectuosa que él mismo proyecta. Hay en ellas un aire de celebración; irradian, al mismo tiempo, confianza y humildad. El fotógrafo posee una mirada afable, siempre en busca de la alegría.
Pero, si bien son "instantáneas", se trata de un tipo especial de instantánea: el fotógrafo es un Beatle inmerso en una experiencia extraordinaria, tal vez una de las más extraordinarias que haya vivido jamás una persona del siglo XX. Percibo en estas fotos una curiosidad por la extraña y nueva realidad que estos cuatro jóvenes habitan de repente; una realidad en la que se han convertido en una nueva especie de héroes: figuras internacionales y omnipresentes, blanco de proyecciones — tanto positivas como negativas — procedentes de todos los rincones del planeta. Las imágenes transmiten algo de lo que debió de suponer ser un Beatle en aquellos primeros tiempos: ver cómo el mundo se abría ante ti de formas insólitas, sentir el recibimiento entusiasta en lugares exóticos y saber que todo el mundo hablaba de ti y de tus amigos de Liverpool.
Debió de ser un momento de euforia, sí, pero también un momento cargado de tensión. Una fuerza inmensa fluía a través de ellos: ¿qué efecto tendría aquello en sus vidas? ¿Qué harían con ello? Imagino que Harrison, en la época en que se tomaron estas fotos, tal vez no era plenamente consciente de lo que significaría ser un Beatle, ni de que el mundo jamás volvería a ser como cuando él era un joven de clase trabajadora de Liverpool que buscaba qué hacer con su vida.
Esa "frescura" es el resultado de cuando un artista se libera de la planificación y la conceptualización para conectar de forma genuina con el instante presente.
Estas fotos se tomaron, por supuesto, con rapidez y por puro impulso. En realidad, son instantáneas captadas por un joven talentoso que estrenaba un juguete nuevo.
Las imágenes me transmiten calidez y amabilidad. Quien las toma parece sentir afecto por el mundo. A menudo, las personas fotografiadas sonríen a la cámara como si actuaran a modo de espejo: devolviéndole parte de esa energía afectuosa que él mismo proyecta. Hay en ellas un aire de celebración; irradian, al mismo tiempo, confianza y humildad. El fotógrafo posee una mirada afable, siempre en busca de la alegría.
Pero, si bien son "instantáneas", se trata de un tipo especial de instantánea: el fotógrafo es un Beatle inmerso en una experiencia extraordinaria, tal vez una de las más extraordinarias que haya vivido jamás una persona del siglo XX. Percibo en estas fotos una curiosidad por la extraña y nueva realidad que estos cuatro jóvenes habitan de repente; una realidad en la que se han convertido en una nueva especie de héroes: figuras internacionales y omnipresentes, blanco de proyecciones — tanto positivas como negativas — procedentes de todos los rincones del planeta. Las imágenes transmiten algo de lo que debió de suponer ser un Beatle en aquellos primeros tiempos: ver cómo el mundo se abría ante ti de formas insólitas, sentir el recibimiento entusiasta en lugares exóticos y saber que todo el mundo hablaba de ti y de tus amigos de Liverpool.
Debió de ser un momento de euforia, sí, pero también un momento cargado de tensión. Una fuerza inmensa fluía a través de ellos: ¿qué efecto tendría aquello en sus vidas? ¿Qué harían con ello? Imagino que Harrison, en la época en que se tomaron estas fotos, tal vez no era plenamente consciente de lo que significaría ser un Beatle, ni de que el mundo jamás volvería a ser como cuando él era un joven de clase trabajadora de Liverpool que buscaba qué hacer con su vida.
Sin embargo, al leer algunas de sus cartas de aquel entonces, me llama la atención lo poco afectado que parece por todo ello o, mejor dicho, la rapidez con la que parece superar los efectos potencialmente destructivos de esa repentina avalancha de dinero, fama y atención, empezando ya a ver su éxito como un trampolín para emprender un viaje más importante.
En una carta a su madre escrita cuando apenas tenía veinticuatro años (!), por la época en que tomó estas fotografías, decía: "Me hice famoso y acumulé toda esta riqueza material, [pero] eso solo sirvió para permitirme ver que en la vida había algo más: esa parte espiritual e indescriptible. Cuando era más joven, sabía que lo lograría, aunque no hubiera podido demostrarlo. Era un sentimiento interior; y, del mismo modo, ahora sé que llegaré a la cima verdadera: la plena autorrealización o realización de Dios, el logro más elevado al que puede aspirar el ser humano"
Se dedicó a la práctica espiritual durante toda su vida; con el tiempo, esta acabó desplazando a la música o, más exactamente, fusionándose con ella. En la última semana de su vida, la única música que podía escuchar era "Sarve Shaam", del álbum 'Chants of India', que produjo junto a Ravi Shankar en Friar Park (Según Olivia Harrison, al comienzo de su enfermedad también escuchaba al Coro Búlgaro, "pero ni siquiera eso resultaba lo bastante sutil durante sus últimos días")
Podemos ver a Harrison como alguien que, muy pronto y siendo aún joven, ascendió a lo más alto de una escalera que otros pasan la vida entera intentando subir peldaño a peldaño: logros artísticos, fama e influencia extraordinarias, gran riqueza, experiencias prodigiosas. Lo tenía todo. Pero entonces subió un peldaño más y fue capaz de ver esas cosas tal como eran: logros maravillosos pero relativos que, lejos de ser lo esencial, podían distraer fatalmente a una persona de lo que realmente importaba.
Entonces, desde lo alto de ese último peldaño, hizo algo maravilloso: tras conocer estas poderosas enseñanzas espirituales, sintió el impulso de compartirlas, primero con su familia y luego con el resto del mundo. En una carta manuscrita de seis páginas fechada en 1967 y dirigida a su hermana Lou — una primera lección concisa sobre la meditación —, le asegura que "es tan sencillo que cualquiera puede hacerlo; simplemente lo incorporas a tu vida sin tener que renunciar a nada, ya que es el proceso de alcanzar ese estado y luego salir de él lo que infunde dicho estado [el estado puro del SER] en la mente"
A continuación, esboza un diagrama (en la página contigua) que muestra una masa de agua — agitada en la superficie y más tranquila en la profundidad — y describe el recorrido que realiza el meditador al descender por ella (a medida que "las burbujas de pensamiento se reducen mediante el proceso de la meditación trascendental")
En una carta a su madre escrita cuando apenas tenía veinticuatro años (!), por la época en que tomó estas fotografías, decía: "Me hice famoso y acumulé toda esta riqueza material, [pero] eso solo sirvió para permitirme ver que en la vida había algo más: esa parte espiritual e indescriptible. Cuando era más joven, sabía que lo lograría, aunque no hubiera podido demostrarlo. Era un sentimiento interior; y, del mismo modo, ahora sé que llegaré a la cima verdadera: la plena autorrealización o realización de Dios, el logro más elevado al que puede aspirar el ser humano"
Se dedicó a la práctica espiritual durante toda su vida; con el tiempo, esta acabó desplazando a la música o, más exactamente, fusionándose con ella. En la última semana de su vida, la única música que podía escuchar era "Sarve Shaam", del álbum 'Chants of India', que produjo junto a Ravi Shankar en Friar Park (Según Olivia Harrison, al comienzo de su enfermedad también escuchaba al Coro Búlgaro, "pero ni siquiera eso resultaba lo bastante sutil durante sus últimos días")
Podemos ver a Harrison como alguien que, muy pronto y siendo aún joven, ascendió a lo más alto de una escalera que otros pasan la vida entera intentando subir peldaño a peldaño: logros artísticos, fama e influencia extraordinarias, gran riqueza, experiencias prodigiosas. Lo tenía todo. Pero entonces subió un peldaño más y fue capaz de ver esas cosas tal como eran: logros maravillosos pero relativos que, lejos de ser lo esencial, podían distraer fatalmente a una persona de lo que realmente importaba.
Entonces, desde lo alto de ese último peldaño, hizo algo maravilloso: tras conocer estas poderosas enseñanzas espirituales, sintió el impulso de compartirlas, primero con su familia y luego con el resto del mundo. En una carta manuscrita de seis páginas fechada en 1967 y dirigida a su hermana Lou — una primera lección concisa sobre la meditación —, le asegura que "es tan sencillo que cualquiera puede hacerlo; simplemente lo incorporas a tu vida sin tener que renunciar a nada, ya que es el proceso de alcanzar ese estado y luego salir de él lo que infunde dicho estado [el estado puro del SER] en la mente"
A continuación, esboza un diagrama (en la página contigua) que muestra una masa de agua — agitada en la superficie y más tranquila en la profundidad — y describe el recorrido que realiza el meditador al descender por ella (a medida que "las burbujas de pensamiento se reducen mediante el proceso de la meditación trascendental")
"En la superficie de la existencia o plano físico denso — escribe—, experimentamos los estados relativos de conciencia y, dado que la mayoría de la gente nunca se aventura más allá de estos tres estados, experimentan constantemente las dualidades del mundo físico denso: pérdida y ganancia, blanco y negro, sí y no, dolor y placer, bien y mal, etc. [...] . Como estoy seguro de que ya sabes, la cuestión es que, por muy bueno que sea algo, oscila hacia lo malo, luego vuelve a lo bueno y así sucesivamente; siempre está cambiando. Y ahí radica el gran dilema de la vida: intentar encontrar algo más estable y permanente o, para usar la palabra correcta, 'absoluto'"
Luego describe cómo, a medida que el meditador "reduce los pensamientos por debajo del nivel del pensamiento mental", llegará finalmente "a un nivel muy sutil que trasciende toda experiencia relativa" (allí, en el fondo tranquilo del océano que él ha dibujado)
"A esto — escribe — lo llamaremos Conciencia Trascendental"
"Como la mayoría de nosotros no hemos experimentado este estado antes — escribe —, las primeras veces ni siquiera sabes que has llegado a él, porque no es una experiencia relativa y no hay nada con qué compararla; pero, desde el principio, empezarás a sentirte muy relajado y a obtener más energía — felicidad e inteligencia —, ya que el "estado puro de conciencia" es el depósito de energía, felicidad e inteligencia. Es el lugar de donde todo ello ha provenido en el pasado — aunque entonces fuera de forma inconsciente —, y la meditación es una manera de acceder a esta gran fuente natural de energía y de llegar conscientemente a ese nivel"
Por la época en que George falleció, en 2001, yo estaba dando mis primeros pasos en la meditación y descubriendo todas las maravillas que esta conlleva; fue entonces cuando hallé en mi mente un rastro de George — con el aspecto que tenía durante su etapa de descubrimiento de Maharishi: 'kurta' blanca, gafas de aviador y bigote estilo vaquero — diciéndome con tono tranquilizador: "¿Ves? . Aquello en lo que creíamos entonces tenía sentido. Y ahora tú también has dado con ello"
Haber visto a esta figura tan admirada y querida recorrer su camino espiritual — con humildad, constancia y alegría — supuso una forma de validación. No estaba equivocado, ni perdido, ni perdiendo el rumbo; estaba recorriendo los mismos pasos que George Harrison había dado antes. Era como si hubiera garabateado un mensaje en el umbral de una puerta: "Sigue adelante; esto conduce a un lugar profundo"
Se trataba, por así decirlo, de una forma de acción a distancia, de generosidad a distancia.
Este libro es, pues, una oportunidad más para que George Harrison ejerza su generosa influencia sobre nosotros desde la distancia, y me alegra enormemente haber vivido esta experiencia.
Al hojearlo y observar mis reacciones ante las fotografías, se me presentó la interesante oportunidad de reflexionar sobre el porqué de dichas reacciones.
¿Qué era aquello que surgía en mi interior para conectar con la obra? . ¿Cuál era la naturaleza del deleite y la elevación espiritual que sentía? . ¿De qué parte de mí provenían tales sentimientos?
Esa sensación de elevación y deleite no era algo que George produjera por sí solo; era algo que ambos cocreábamos, algo que surgía de un espacio compartido.
Tomemos como ejemplo cualquiera de las fotografías. Hace años, él tuvo un encuentro fugaz con la realidad — tal como era en aquel instante preciso —, disparó el obturador y congeló ese momento en ámbar, por así decirlo; luego, al contemplar yo la imagen, esta cobraba vida de nuevo y algo en mi interior despertaba para conectar con ella. Lo que había conmovido a George me conmovía también a mí.
La experiencia de este libro tuvo el efecto — propio del arte — de recordarme que eso que he venido llamando "frescura" sigue existiendo, aquí y ahora, en todas partes, y que todavía soy capaz de experimentarlo.
De 'THE THIRD EYE: Early Photographs by George Harrison', cuya publicación está prevista para el 6 de octubre de 2026 a cargo de Random House, una división de Penguin Random House, LLC.
Todas las fotografías y el ensayo de George Saunders están protegidos por derechos de autor © 2026 de G.H. Estate Limited.
(Publicando en Vanity Fair el 22 de septiembre de 2026)
[Traducido y editado por Carlos E. Larriega para Mundo Beatle]



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